Capítulo 34 Diana

Entre las rocas detrás de las rejas, oculto por la niebla, se haya atrapado el buque de carga. Su vela está hacia abajo, la madera se pudre. Es un buque muy antiguo, abandonado por su tripulación años atrás, cuyos ahogados desaparecieron en lo profundo de ese mar, y otros con menos suerte fueron destrozados por las mandíbulas de la bestia.

Diana lo contemplaba desde lo alto de un risco, recordando que justo como lo miraba había sido descrito por el Vasgol en su libro “Textos de un Viaje”. Nunca en su vida creyó que visitaría esos lares, el sur del continente oculto. Ella, una Jendario, pensó que siempre se mantendría con los suyos, oculta en alguna ciudad improvisada. Pero ahora el destino la había llevado a ser participe en la historia que se estaba desarrollando en los últimos días, la historia de los Cinco y La Sordouch.

¿Cuánto tiempo más dejarían pasar los Vasgols para ir en busca de la liberación de los fundadores? Alguien tenía que ayudarles ahora y no después, cuando sea demasiado tarde. Observó las viejas y negras estructuras de la ciudad de los Doztrax, a orillas del mar, el cual parecía ser más salvaje que en otras partes. Había dos torres negras sobre calabazos y cámaras. Una de las torres lanzaba chispas de fuego, tal cual un volcán.

Diana había escuchado relatos de los Doztrax, y ahora que los miraba, su vida, lo que hacían, sus comportamientos, se dio cuenta de lo ciertos que eran. Los Doztrax eran como ellos, como los Vasgols reunidos en familias, unos trabajando, otros conversando o platicando pero, con una gran diferencia: adoraban todo lo que tuviera que ver con los huesos. Muchos hombres llevaban mascaras de huesos, así como algunas mujeres collares y diademas. Adoraban a los Cinco a su manera, creían en la no avaricia, en lo no material. Se comportaban ante el mundo tal y como este los había traído. Y pensaban que de restos se veía mejor uno.

Diana bajó poco a poco el risco, ocultándose entre una barda que daba a parar a la torre del este, la cual terminaba en un filo asesino. Tenía miedo de ser descubierta, por supuesto, pero también estaba preparada para cualquier ataque, tanto por parte de ellos o de sus bestias: antiguas criaturas que protegían los bordes del continente oculto ante los extranjeros.

Se notaba que estaban muy felices, pues desde hacía mucho tiempo los Doztrax no borraban sus amargadas caras. Y cómo no iban a estar contentos, si tenían a la Sordouch en su poder, allá en las pirámides del norte, y a cuatro de los Cinco con ellos, prisioneros en sus cámaras. Y tenían al quinto elemento, al cual habían convencido de llevarle con el soberano de recuerdos, hombre que no es Vasgol ni Doztrax, pero que conoce la verdad de todo. Quien había puesto en diferente partes del continente oculto los rostros de piedra.

Así que, en sus conversaciones, en sus gritos y risas, todo era felicidad entre los Doztrax, quienes antes de la primera guerra habían sido una sola raza junto con los Vasgols. Ahora se burlaban porque pensaban ser ya los victoriosos. Sólo faltaba reunir a los Cinco, llevarlos ante la Sordouch y que ésta brillara con tanta vida, regalo para ellos, su diosa.

Pero no era así. Diana conocía la verdad. La Sordouch iba a morir y, de hecho, así tenía que ser. Escuchó antiguas historias sobre los fundadores, y en sus manos estaba ayudarlos. Por eso con decisión saltó hasta caer al suelo lleno de cenizas. La pulsera de plata que tenía amarrada en su pierna izquierda sonó un poco, pero rápido se ocultó entre dos paredes grises. No tardó en divisar a un Doztrax asomarse. Lo golpeó con su báculo, dejándolo inconsciente.

Salió de aquel callejón y corrió hasta esconderse detrás de unos contenedores de agua. No eran sus pasos improvisados, pues todo lo había planeado muy bien desde las alturas. Si estaba en lo correcto, las cámaras donde tenían prisioneros a los cuatros chicos estaban tan sólo pasar un camino de banderines rojas.

Lanzó un chiflido y llamó la atención del guardia más próximo. Era una magia de confusión:

—Por aquí, ¡todos! –llamó el guardia a los otros dos bajo una gran bandera con el símbolo de un colmillo. Los otros guardias acudieron al llamado, y justo cuando llegaron preguntó uno de ellos:

—¿Qué ocurre?

—Es… síganme. Creo que por aquí hace días dejé un tesoro escondido.

Pero el primer Doztrax no sabía por qué estaba diciendo todo aquello, ignorando la magia de la Jendario, quien ya se hacía paso entre los banderines.

Llegó a la primera sección de cámaras, y de inmediato miró al guardián de llaves. Se dejó ver, y el guardian, sorprendido, no dudo en lanzarse contra ella. Era un Doztrax alto, con su casco negro y su cinturón de hueso. Le lanzó un puñetazo que la chica esquivó, tropezando. El hombre dio una patada al báculo y este salió rodando. Ella giró por el suelo, logrando levantarse justo a tiempo de recibir el segundo golpe lanzado. Juntó sus manos y, abiertas, propinó un golpe seco al pecho del Doztrax, quien cayó desmayado. Tomó las llaves y luego el báculo.

Se dio cuenta que muchas de las cámaras estaban vacías. Algunas tenían atrapados chimpancés, cerdos e incluso paquetes de lo que parecían ser verduras. Pero no tuvo que caminar muy a fondo para encontrar a la primera fundadora.

Lourdes estaba acurrucada en el fondo de la cámara, y Diana tuvo que hacer sonar su báculo tres veces para que la chica levantara la mirada. Se llevó el dedo índice a la nariz para indicarle que guardara silencio. Lourdes se levantó de inmediato, mientras la Jendario buscaba la llave.

—¿Dónde están los otros? –preguntó Diana.

—Por aquí, Damila acá –dijo Lourdes, con una cansada voz.

A cinco cámaras encontraron a Damila, quien estaba agarrada de las rejas, como si tratase de contemplar un poco del cielo.

—¡Lourdes! –gritó.

—No hay tiempo –susurró Diana, mientras le abría su puertilla.

Las tres chicas corrieron hacia el otro sector de las cámaras. Se escuchaban ya los gritos furiosos de los Doztrax y el rugido de una bestia.

—¿La han soltado? –se preguntó Damila.

—Vale más que no –soltó Lourdes.

Diana tragó saliva.

Llegaron a con Adam, quien de alguna manera estaba escribiendo algo en unas hojas amarillentas. La pluma era de águila.

—Parece que no está la llave de esta sec… —empezó Diana, pero calló justo a tiempo de que la chapa cediera—. ¿Dónde está el joven Marlon?

—Él…él…

Otro rugido, ya eran muy sonados los pasos.

Diez cámaras más alla de la de Adam, lograron dar con Marlon. Pero dormía, o al menos eso parecía. Diana llamó con su báculo, pero nada.

—¡Ey, ey! ¡Chaval! –susurraba apenas Lourdes.

Pero Marlon seguía dándoles la espalda. Empezaron a creer lo peor, hasta que Damila estiró un brazo a través de las rejas. Tocó su piel unos segundos antes de zarandearlo.

Marlon se levantó poco a poco y cuando pudo entender lo que estaba pasando no dudo en ponerse de pie, jadeando, con la poca fuerza que le quedaba. Diana hizo a un lado a Damila y seleccionó al menos cinco llaves, hasta que dio con la buena.

—Las escaleras, por aquí –les gritó Diana, pues ya había sido descubierta y no tenían tiempo que perder.

Los chicos sabían que no había tiempo para presentaciones, ni para hacer ninguna pregunta. Pero Marlon identificaba a la perfección la vestimenta de aquella mujer. Su bufanda, sus tatuajes en los brazos y su calva cabeza.

Subieron unas estrechas escaleras y se hallaron a los pies de la segunda torres. Incluso pudieron sentir las chispas de fuego caer. Diana les hizo señas, deteniéndose un momento para mirar la extensa explanada, llena ahora de furiosos Doztrax que se dirigían hacia ellos.

Llegaron al gran estacionamiento de seis naves negras. Diana se detuvo detrás del ala de una. Estaba muy cansada y necesitaba tomar un poco de aire. Adam echó un vistazo atrás, los Doztrax ya subían las escalerillas. Y, desde la mitad de la segunda torre, una de las bestias lanzó otro rugir.

A simple vista parecía una lagartija gigante de cuatro patas, pero con un rostro femenino. Sus ojos grandes y llorosos, rojos, su piel blanca. Sólo sus patas eran la excepción, pues tenían escamas. Sobresalía su larga cola rosada,

—Nos atraparán –musitó Lourdes. Dos días sin comer les habían dejado sin energía. Diana dejó de sostenerse del ala de la nave negra y con su báculo lanzó una energía azul, apenas visible, que parecía alentar el paso de los Doztrax y la bajada de la bestia—. ¡Corran!

Ella, descalza y como un tigre, los guio hacia más allá de las naves, haciéndoles saber entre gritos de cansancio que no faltaba mucho.

—¡Adam! –gritó, y el rubio chico prestó atención:—. Vamos a caer, pero necesito que lo hagas…

—¿El qué?

—Tu poder protector.

—No tengo fuerza.

—La tendrás.

Llegaron al final de un acantilado oscuro, en las piedras que parecían ser de ceniza. Y la Jendario saltó. Los cuatro no tuvieron otra opción.




Marlon sintió que ese era el fin, tan sólo esperaba el golpe, pero entonces una fuerza lo jaló, uniéndolo hacia los demás cuerpos. Ahora caían en lentitud, siendo protegidos por la magia protectora de Adam, quien estaba siendo tocado en la cabeza por el báculo de Diana. Pero ella no lo sostenía. Tocaron suelo y el báculo cayó al suelo.

—Te he dado el resto de mi…energía –jadeó la chica.

Arriba se escuchaban los furiosos gritos de los Doztrax. Marlon contempló esas piedras oscuras, afiladas y caminos que parecían llevar al mismo infierno.

—Saldremos de aquí –les dijo la Jendario.

—¿Quién eres? –preguntó Lourdes.

—Mi nombre es Diana –respondió ella, juntando el báculo.

Diana….Diana…el nombre retumbó en la cabeza de Marlon, y se sintió por fin a salvo. Su hermana, de alguna manera, le estaba ahora acompañando en aquel viaje.



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